Hace más de mil años, en el año 778, el legendario rey de los francos Carlomagno decidió emprender una incursión en la península ibérica para atacar el Emirato Omeya de Córdoba. Tras recibir la promesa de que la ciudad de Zaragoza abriría sus puertas y serviría como base para la invasión, el señor del Sacro Imperio penetró en la península con un numeroso ejército, solo para encontrarse con las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto. Al carecer de los recursos y la infraestructura necesarios para sostener un asedio, decidió regresar a sus dominios por la ruta más corta: los Pirineos. Pero, justo cuando cruzaba la cordillera por el paso de Roncesvalles, un ejército de vascones cayó sobre su retaguardia, comandada por el prefecto de Bretaña, Roldán, y la aniquiló en la que sería la derrota más dura que sufriría el llamado “padre de Europa” en toda su vida. Largo y tendido se ha escrito sobre esta batalla, que ha entrado de lleno en el imaginario occidental gracias al poema épico francés del Cantar de Roldán, alrededor de cuyos protagonistas surgieron multitud de leyendas, aunque, poco a poco, el trabajo de historiadores y arqueólogos va desentrañando lo que realmente ocurrió en Roncesvalles. La mayoría de estas leyendas están protagonizadas por Roldán, quien, en su resistencia frente a los musulmanes (pues el poema sustituyó a los vascones por musulmanes para adaptarse al contexto histórico en que fue escrito), realizó hazañas prodigiosas, como abrir de un tajo la Brecha de Roldán, uno de los accidentes geográficos más impresionantes del Pirineo. Otra de las proezas que se le atribuyen a Roldán se sitúa, sin embargo, en el Prepirineo oscense, muy cerca de la ciudad de Huesca, donde se encuentra el famoso Salto de Roldán.
Hace más de mil años, en el año 778, el legendario rey de los francos Carlomagno decidió emprender una incursión en la península ibérica para atacar el Emirato Omeya de Córdoba. Tras recibir la promesa de que la ciudad de Zaragoza abriría sus puertas y serviría como base para la invasión, el señor del Sacro Imperio penetró en la península con un numeroso ejército, solo para encontrarse con las puertas de la ciudad cerradas a cal y canto. Al carecer de los recursos y la infraestructura necesarios para sostener un asedio, decidió regresar a sus dominios por la ruta más corta: los Pirineos. Pero, justo cuando cruzaba la cordillera por el paso de Roncesvalles, un ejército de vascones cayó sobre su retaguardia, comandada por el prefecto de Bretaña, Roldán, y la aniquiló en la que sería la derrota más dura que sufriría el llamado “padre de Europa” en toda su vida. Largo y tendido se ha escrito sobre esta batalla, que ha entrado de lleno en el imaginario occidental gracias al poema épico francés del Cantar de Roldán, alrededor de cuyos protagonistas surgieron multitud de leyendas, aunque, poco a poco, el trabajo de historiadores y arqueólogos va desentrañando lo que realmente ocurrió en Roncesvalles. La mayoría de estas leyendas están protagonizadas por Roldán, quien, en su resistencia frente a los musulmanes (pues el poema sustituyó a los vascones por musulmanes para adaptarse al contexto histórico en que fue escrito), realizó hazañas prodigiosas, como abrir de un tajo la Brecha de Roldán, uno de los accidentes geográficos más impresionantes del Pirineo. Otra de las proezas que se le atribuyen a Roldán se sitúa, sin embargo, en el Prepirineo oscense, muy cerca de la ciudad de Huesca, donde se encuentra el famoso Salto de Roldán.
El Salto de Roldán es un profundo desfiladero excavado por el río Flumen en el extremo occidental de la Sierra de Guara. En este punto, el río atraviesa dos ciclópeas peñas de conglomerado, prácticamente idénticas tanto en forma como en altura: la Peña de San Miguel y la Peña de Amán. Ambas moles rojizas presentan, en la vertiente que mira al río, una de las paredes más formidables de todo el Prepirineo, con desplomes verticales que rondan los 400 metros. Su silueta es tan representativa de la Hoya de Huesca que ambas peñas figuran incluso en el escudo de la ciudad. Pues bien, se dice que Roldán, mientras huía del gran ejército musulmán que lo perseguía, llegó con su caballo a lo alto de la Peña de Amán. Acorralado y sin otra vía de escape, espoleó a su montura para realizar un salto colosal hasta la Peña de San Miguel. Logró alcanzar la otra orilla del abismo, aunque a costa de la vida de su caballo, cuyas herraduras habrían dejado impresas sus huellas sobre la roca. Hoy en día, además de las supuestas huellas, en la Peña de San Miguel se conservan los restos de un castillo y una ermita dedicada al arcángel. Los mortales corrientes, al carecer de las virtudes legendarias de Roldán, para ascender ambas cimas debemos recurrir a una alternativa mucho menos épica (y más agotadora): descender hasta el fondo del desfiladero del Flumen, cruzar el río (mojándonos inevitablemente los pies al no existir puente) y remontar la vertiente opuesta hasta alcanzar la otra peña. Además, el tramo final de ambas ascensiones incluye pasos equipados que permiten superar los muros verticales que defienden los altiplanos cimeros de Sen y Men (el otro nombre de las dos montañas), que no son aptos para todos los públicos pues la exposición es considerable en ambos tramos. Todos estos ingredientes convierten esta excursión en una ruta muy completa, en la que intentaremos reproducir la legendaria hazaña de Roldán, aunque, naturalmente, por medios mucho más terrenales.
