El volcán del Sol naciente

Monte Fuji (3.776 m)

El Fuji tal como se ve desde Fujikawaguchiko

El Fujisan, como lo llaman los japoneses en señal de respeto, es un colosal estratovolcán situado en la costa pacífica central de Honshu, con una altura que alcanza la nada desdeñable cifra de 3.776 metros, lo que convierte a Japón en la séptima isla más alta del mundo. Es perfectamente lógico que la montaña más elevada de un país tan tectónicamente activo sea un volcán, a pesar de que el Fuji no destaque por una actividad reciente, ya que su última erupción se remonta al 1707. Aún así, el volcán sigue considerándose activo y es uno de los más vigilados del planeta debido a su proximidad a la urbe más poblada del mundo: Tokyo se encuentra a apenas 100 km. Esta cercanía a los principales núcleos urbanos de Japón y a la costa ha hecho que el Fuji sea conocido desde tiempos inmemoriales y venerado como una de las montañas sagradas del país del Sol Naciente. Además, es uno de los temas más recurrentes en el arte japonés, como demuestra la archiconocida serie de grabados Treinta y seis vistas del monte Fuji.

La cima del Fuji y su cráter

El lejano y exótico Japón cuenta con varios símbolos de fama internacional. El país de los samuráis y las geishas posee una cultura vibrante y una historia milenaria que han traspasado fronteras y lo han convertido en una de las naciones más atractivas para visitar y conocer. A nivel geográfico, es un archipiélago orográficamente complejo y muy montañoso, estando prácticamente todas las islas ocupadas por terreno montañoso. En la parte central de Honshu, la isla principal del archipiélago, se concentran las mayores alturas del país, representadas en su mayor parte por la cordillera de los Alpes Japoneses. Divididos en varios cordales y núcleos montañosos, esta cordillera alberga numerosas cimas que superan los 3000 metros, formando largas y agrestes crestas. Sin embargo, he dicho en su mayor parte por una razón: los Alpes Japoneses no constituyen la máxima altura del país nipón. Este honor recae en una montaña que, me atrevería a afirmar sin demasiado riesgo, es una de las más famosas del mundo y, además, un icono absoluto de la nación del Sol naciente. Como muchos lectores ya habrán adivinado, esta montaña es el Monte Fuji.

El Fuji, a punto de ser engullido por las nubes, visto desde el lago Saiko

El perfecto cono piramidal del Fuji ha convertido a esta montaña en el modelo universal de volcán, y su silueta, con la cima coronada de nieve, es una de las postales más reconocibles a nivel mundial. Para los japoneses, ascender al Fuji una vez en la vida es casi una obligación. Si a esto le sumamos su fama internacional y la relativa facilidad con la que se alcanza su cima, no resulta sorprendente que el Fuji sea una de las montañas más ascendidas del planeta, si no la que más, con alrededor de 300.000 ascensiones anuales. Y, la verdad, no es de extrañar, pues se trata de una montaña de una belleza fascinante: la visión de esta divina cima, de un intenso color oscuro, emergiendo con fuerza más de 3.000 metros por encima de los insondables bosques y lagos que la rodean, es difícil de olvidar. Del mismo modo, contemplar el amanecer desde el punto más alto del país del Sol Naciente constituye una experiencia cuasi-religiosa. Para cualquier montañero que visite este impresionante país, sería un pecado no acercarse al sagrado Fujisan e intentar hollar su cima; puedo asegurar que no se arrepentirá.

FICHA TÉCNICA

Desnivel1.500 m

Longitud13,4 km

Altura mínima2.300 m

Altura máxima3.776 m

Dificultad técnicaAscenso por muy buen camino hasta la misma cima. Alguna trepada entre la 7a estación y la 8a, con cuerdas que ayudan a la progresión. Importante tener en cuenta la altura a la que se llega, pues los 3700 metros son ya una altura respetable en la que el oxigeno se empieza a notar.

Track en Wikiloc

Mapa de la ruta realizada tomado en el visor OpenTopoMap

Acceso

El acceso al Monte Fuji es un asunto complejo a nivel normativo, como casi todo en Japón. En primer lugar, hay que tener en cuenta que el Fuji tiene una temporada oficial de abertura, que coincide aproximadamente con el periodo en el que su cima queda libre de nieve. Esta temporada va, por lo general, desde principios de julio hasta principios de septiembre, y es cuando la gran mayoría de los refugios de la montaña permanecen abiertos. Las fechas exactas varían ligeramente cada año, por lo que resulta imprescindible informarse con antelación. Fuera de temporada, aunque oficialmente el Fuji esté “cerrado”, se puede ascender a la montaña, pero todos los refugios están cerrados y los japoneses advierten que, en caso de accidente, no se garantiza ningún rescate, aunque no sé si esto es verdad o simplemente una manera de amedrentar a los imprudentes. Es importante señalar que las condiciones en lo alto del Fuji durante buena parte del año son extremas, con grandes cantidades de nieve, temperaturas muy bajas y un viento que suele ser atroz, por lo que si se desea ascender al Fuji cuando hay nieve, se tiene que estar muy preparado. En cambio, cuando no hay nieve y las condiciones meteorológicas son buenas (lo cual no es muy habitual), el ascenso al Fuji es bastante sencillo para cualquier montañero, gracias a la gran infraestructura existente, que facilita mucho la subida.

Existen 4 rutas para subir al Fuji. Hay carretera hasta la 5a estación de las 4 rutas y, fuera de temporada,se puede acceder en vehículo privado hasta el final de estas carreteras. Durante el verano, debido a la enorme afluencia de personas, las carreteras de las rutas de Fujinomiya, Yoshida y Subashiri (las más concurridas) se cierran al tráfico privado, por lo que se tiene que acceder en bus. Existen numerosas opciones de transporte para estas tres rutas, incluyendo servicios directos desde ciudades como Tokyo o Mishima, con frecuencias bastante altas. Si se dispone de vehículo privado, hay grandes aparcamientos a los pies del Fuji desde donde salen buses lanzadera hasta las quintas estaciones de las tres rutas mencionadas. Es importante mencionar que al llegar a la quinta estación de cada ruta se deberá pagar una tarifa de entrada a la montaña de unos 4000 yens y que, para las rutas más concurridas, existe un aforo limitado diario (que por lo visto, solo se alcanza en ciertos días de agosto). Existe una página web (en inglés) donde se explica con detalle toda la información que he comentado y donde también se da más información sobre las maneras de llegar a los puntos de inicio de cada ruta. Recomiendo encarecidamente consultarla:  Página oficial del Monte Fuji.

Fotodescripción

Debido al plan de viaje que llevábamos, decidimos escoger la ruta de Fujinomiya para ascender al Fuji y la de Yoshida para descender, con el objetivo de conocer la cara sur del gigante en la ida y la norte en la vuelta. Son, además, las rutas que parten desde mayor altitud: la de Fujinomiya arranca a casi 2400 metros.

Setiembre es un mes de contrastes en Japón. Puede traer consigo un tifón durante días (no en vano es el mes con mayor número de ellos) o un calor húmedo bajo un sol abrasador. En el Fuji no encontramos ni una cosa ni otra, pues al llegar nos vimos inmersos en una densa bruma que atenuaba notablemente la temperatura. Aún así, es prácticamente imposible perderse en esta montaña puesto que los caminos, siempre anchos y bien trazados, están perfectamente delimitados hasta la misma cumbre, contando casi siempre con una cuerda que te impide salir del itinerario.

El trayecto de la estación hasta la sexta estación es un cómodo paseo por una pista aplanada por el constante paso de los bulldozers encargados de llevar provisiones a las distintas estaciones de la montaña. Y con estaciones me refiero a las edificaciones repartidas a lo largo de las 4 rutas de ascenso al Fuji, que funcionan como refugios donde poder dormir, comer o simplemente descansar. Como mínimo existen 5 estaciones desde la carretera hasta la cima, pues en la cumbre encontramos la décima. Pero como veremos, al menos en las rutas de Fujinomiya y de Yoshida, existen bastantes más.

A partir de la sexta estación, ya entramos en terreno volcánico propiamente dicho, aunque aún subsisten algunas manchas de vegetación que resisten encomiablemente en esta hostil y árida ladera.

Y, de repente, ocurre el milagro: las brumas se abren y nos permiten ver lo que tenemos por delante. Resulta realmente curioso observar las distintas estaciones, una sobre otra, en esta montaña tan intensamente humanizada, em marcado contraste con las solitarias montañas pirenaicas, donde solo encontramos refugios en algunos valles muy concretos. La edificación más cercana es la séptima estación nueva, ya que bajo este número se agrupan dos refugios. El edificio que vemos recortarse en lo alto es el de la octava estación, que sirve como clara referencia visual.

Estas estaciones, como la séptima nueva, suelen estar elevadas sobre plataformas artificiales a las que se accede vía escaleras. Como vemos, las ayudas en el ascenso son constantes.

Tal cantidad de refugios requiere un suministro constante de víveres por lo que, en todas las rutas, además del camino para montañeros, existe una red de pistas por las que suben bulldozers cargados con todo lo necesario. Estas pistas, como veremos, llegan hasta la misma cima del Fuji y, en ocasiones debemos avanzar por ellas.

Gracias a lo cómodo del trazado, ascendemos con rapidez por la extensa ladera volcánica. La ruta de Fujinomiya tiene la peculiaridad de que avanza junto al enorme cráter del Hoeisan (cuya cima vemos a la izquierda, entre nubes), resultado de la última erupción del Fuji en el 1707. Aunque no caminamos exactamente por el borde, se intuyen claramente las colosales dimensiones de este boquete, que se abre a media ladera como si alguien hubiera arrancado un pedazo de volcán.

Poco antes de la séptima estación vieja alcanzamos la cota mágica de los 3000, circunstancia que en los Pirineos sería motivo de celebración, pero que aquí pasa totalmente desapercibida. Aún restan 800 metros de desnivel hasta la cumbre de este coloso.

Poco después llegamos a la citada estación, cerrada a cal y canto. Al estar al final de temporada (de hecho, el ascenso lo realizamos el último día de la temporada oficial), muchos refugios que en pleno agosto estarían abiertos ya han cerrado sus puertas.

Para alcanzar la octava estación, la más visible desde abajo, debemos superar una banda rocosa, el único punto de la subida donde deberemos utilizar las manos. Aún así, este tramo cuenta con aún más ayudas artificiales que los demás, que facilitan notablemente el paso.

Los últimos cien metros hasta la vistosa octava estación son los más agrestes de la subida, pues vamos andando por encima de una colada de lava, por lo que la roca volcánica está menos desmenuzada y es más incómoda para progresar.

La octava estación se encuentra ya pasados los 3200 metros. Este refugio es uno de los más utilizados, pues se sitúa aproximadamente a media subida y cuenta incluso con servicio médico. Nosotros, sin embargo, debemos ascender un poco más, ya que nuestro refugio es el último antes de la cima, la estación 9.5.

Tras un breve descanso, reanudamos la marcha, pasando junto al primer "torii" de la subida que señala que, a partir de aquí, entramos en terreno sagrado.

A esta altura, la vegetación ya ha desaparecido por completo y las nubes van quedando abajo. Desde aquí se distingue perfectamente la pista por donde circulan los bulldozers, a la izquierda de la octava estación.

Al mirar hacia arriba, por fin podemos ver la cima del Fuji. Bueno, la cumbre propiamente dicha queda oculta a la izquierda, pero lo que vemos ahí arriba es el reborde del cráter. También distinguimos las dos últimas estaciones de la ruta Fujinomiya, la novena, y la 9.5, donde pasaremos la noche.

Son ya casi las seis de la tarde y, en Japón, el anochecer llega antes que en España, por lo que las sombras han ganado mucho terreno. La cara sur del Fuji está prácticamente en penumbra, a diferencia del Hoeisan, que aún recibe algunos rayos de sol al quedar ligeramente separado de la enorme masa del volcán.

Pasamos por la novena estación casi sin detenernos y salvamos con rapidez los cien metros de desnivel que nos separan de...

...la estación 9.5, también conocida como Munatsuki Sanso. Debido a su ubicación, es la más espartana de todas los que hemos visto; no en vano se encuentra a casi 3.600 metros de altura. El refugio está construido con la propia piedra volcánica y parte de la estructura aprovecha directamente el suelo del volcán. Dormimos en el suelo, utilizando futones, una especie de sacos que nos abrigarán bastante durante la gélida noche. La cena incluida dentro de la media pensión consiste en una ración de arroz con curry, no muy abundante, y el desayuno se compone de distintos bollos industriales; desde luego, no es el refugio donde mejor he comido. Siempre queda la opción de comprar algo más si uno queda con hambre.

Mientras esperamos la hora de cenar, que va por turnos, damos una vuelta por los alrededores del refugio. Estamos muy altos, apenas a 200 metros de la cima del Fuji y a nuestros pies se despliega prácticamente toda la ladera hasta la base del volcán. Fijándonos bien, se puede ver incluso la quinta estación, desde donde hemos partido, justo en el límite entre el bosque y la desnuda piedra volcánica.

Pero lo más impresionante que vemos esta tarde es la alargada sombra del Fuji, proyectándose largos kilómetros hacia el noreste como un monstruo salido de una novela lovecraftiana.

Como mañana nos levantaremos en plena noche para poder llegar con tiempo suficiente al amanecer, dejo esta imagen para mostrar el tramo que queda desde la estación 9.5 hasta lo alto del Fuji, que no su cima. Como se puede apreciar, los últimos 150 metros discurren por el interior de un tubo entre paredes rocosas, que el sendero salva mediante zigzags sobre un terreno bastante descompuesto y empinado hasta alcanzar la décima estación.

Después de una noche no muy cómoda, los guardas nos levantan a las 2:30, nos entregan las bolsas del desayuno y nos echan a las 3:30, para después cerrar el refugio a cal y canto sin que lleguemos a entender muy bien el motivo de tanta prisa. Por delante tenemos dos horas en las que tenemos que superar 200 metros de desnivel, tiempo más que suficiente para hacerlo con calma. Al salir del refugio, bajo una preciosa luna llena, distinguimos los pueblos y ciudades que rodean el Fuji, aunque la presencia de nubes bajas limitan mucho la visibilidad. Hacia el noroeste se aprecia incluso una bruma que parece emitir luz propia: es Tokyo, situada bajo su perpetua nube de contaminación.

Tras prepararnos, nos unimos a la romería de personas que ascienden desde los refugios inferiores y afrontamos los 150 metros de desnivel hasta la décima estación a un ritmo muy lento, pues hay muchísima gente y los parones son constantes. En este corto tramo vemos de todo, desde personas claramente infraequipadas y con evidentes signos de agotamiento, hasta otras excesivamente pertrechadas, algunas incluso con oxigeno suplementario. Son, al fin y al cabo, las consecuencias de la sobreafluencia que sufre esta montaña, con la presencia de mucha gente que no debería estar aquí por su propia seguridad. En cualquier caso, al llegar a lo alto del Fuji, en lugar de girar a la izquierda para ir directamente a su cima, vamos a la derecha, ya que queremos contemplar el amanecer desde el lado este del cráter, para no tener obstáculos. Subimos a una de las puntas del cráter, conocida como Asahidake, y nos armamos de paciencia.

Después de una hora dando vueltas para no quedarnos congelados, pues la temperatura es muy baja y sopla bastante viento, llega por fin el momento del espectáculo. Por encima de la capa de nubes bajas y junto a unos cumulonimbos que aportan aún más belleza a la escena, el Sol comienza a asomar por el Pacífico, inaugurando un nuevo día en Japón y en el resto del mundo. Es, sin duda, uno de los amaneceres más mágicos que he vivido jamás en montaña. No por nada a este país se le conoce como el País del Sol Naciente.

Ya con la luz del día, nos giramos para ver algunas de las otras cotas que rodean el cráter principal del Fuji, entre ellas la cota principal, llamada Kengamine, cuya cima alberga un observatorio meteorológico de notable tamaño. En lo alto de cada una de estas cotas se adivina un tropel de gente que disfruta, al igual que nosotros, de este impresionante amanecer.

Dejamos el Sol iniciar su ascenso por la bóveda celeste y comenzamos el rodeo del cráter del Fuji en el sentido de las agujas del reloj, tal como hacían los grupos religiosos que adoraban el Fuji durante el shogunato Tokugawa, en el itinerario conocido como Ohachimeguri. Desandamos parte del camino recorrido esta mañana, pasando junto a la décima estación de la ruta Gotemba, que vemos debajo nuestro, y la de Fujinomiya, ligeramente más elevada.

Desde allí, una suave subida nos deja en el collado previo al pico Kengamine, desde donde una empinada subida por la arenosa pista nos lleva...

...hasta la escalera que da acceso a la cima, donde ya se ha formado una larga cola para hacerse la foto de rigor junto al hito que marca el punto más alto del país. Nos toca, de nuevo, armarnos de paciencia, algo muy necesario ante los espectáculos indescriptibles que se montan junto al vértice, con personas que se pasan cinco minutos de reloj posando como si estuvieran en una pasarela de moda.

Mientras esperamos, no sin cierto hastío, observamos el cráter del Fuji con más detenimiento. Rodeado de paredes muy fracturadas, tiene unos doscientos metros de profundidad y una notable variedad cromática, fruto de los distintos materiales expulsados durante las erupciones.

Tras una larga espera, alcanzamos por fin el adusto vértice, negro como el propio Fuji, que señala el punto más alto de Japón. Estar en la cima de una de las montañas más famosas y bellas del planeta es algo que siempre colma de emoción.

Desde aquí se aprecia con claridad lo que nos queda para rodear el cráter hasta la décima estación de las rutas Yoshida y Subashiri, que intuimos sobre la aplanada cima de la derecha, pasada la segunda cota más alta de las que componen el Fuji, el Hakusandake.

Tras una foto rápida, descendemos de nuevo a la pista y continuamos con el recorrido. Son apenas las 6 de la mañana, pero por la cantidad de gente que hay por todos lados podría parecer mediodía. Jamás he visto tantas personas en una montaña como en el Fuji.

Tras descender unas decenas de metros, remontamos una ladera para llegar al collado occidental del cráter, donde es inevitable detenerse...

...ante la aparición de la descomunal silueta del Fuji, un trapecio perfecto. Pocas veces he quedado tan impresionado en la montaña como al ver esta imagen.

Este collado marca también el punto de inicio de uno de los principales accidentes geológicos del Fuji, la falla de Osawa. Se trata de una enorme grieta de unis 2.000 metros de altura, abrupta y vertical, que curiosamente no es producto de la actividad eruptiva del volcán sino de la continua erosión que sufre la descompuesta roca volcánica. Por ello, año tras año, la falla sigue creciendo, tanto en profundidad como en anchura.

Más allá de la sombra proyectada por el volcán se distinguen las crestas de los Alpes Japoneses, coronadas por el Kitadake, segunda montaña más alta de Japón, en el extremo derecho de la fotografía. A pesar de superar holgadamente los tresmil metros, estas montañas quedan empequeñecidos ante la tremenda mole del Fuji.

También observamos como, entre el extenso bosque de Aokigahara, se aprecian perfectamente los conos secundarios del volcán, vestigios de épocas de mayor actividad geológica, hoy cubiertos por una espesa vegetación.

Desde el collado, iniciamos un nuevo descenso, rodeando un pequeño cráter secundario y recorriendo la base del Hakusandake.

Un poco más adelante tomamos un camino que se acerca al cráter principal del Fuji, desde donde se obtienen magníficas vistas de los distintos picos que lo circundan.

Mientras volvemos a subir para ganar la cresta, tenemos esta bonita vista del Kengamine, en el que, si nos fijamos bien...

...cada vez hay más cola para hacerse la foto, con algunos montañeros curioseando alrededor del observatorio. Según parece, el observatorio meteorológico estuvo permanentemente habitado durante la segunda mitad del siglo veinte y contaba con un potente radar destinado al estudio de fenómenos meteorológicos extremos, como los tifones que con frecuencia azotan el país nipón.

Ya hemos rodeado buena parte del cráter y nos encontramos ahora en su sector nororiental, muy cerca de nuestro punto de descenso. A pesar de que el día no es especialmente propicio para grandes panorámicas, al haber bastante cantidad de nubes bajas que limitan mucho las vistas tanto cercanas como lejanas, alcanzamos a intuir, medio escondidos entre la bruma, algunos de los lagos situados a los pies del Fuji.

Finalmente llegamos a la décima estación de las rutas de Yoshida y Subashiri (que comparten el tramo final), un auténtico pueblo situado a 3700 metros de altura. Resulta chocante encontrarse con semejante infraestructura en una montaña que para los japoneses es sagrada, con pistas y bulldozers llegando hasta la misma cima de la montaña y arrasando buena parte de sus vertientes. Diferencias culturales que, en cualquier caso, no dejan de sorprender. Aprovechamos para descansar un poco mientras observamos a los guardas de los refugios afanándose en ordenar y limpiar las instalaciones, pues a partir de hoy cerrarán casi todas las estaciones de la montaña.

Desde aquí nos asomamos a la vertiente septentrional de la montaña, por donde discurrirá nuestra bajada. Al igual que en la cara opuesta, se trata de una inmensa ladera salpicada de refugios que llega hasta el límite con el bosque.

Sin más dilación, echamos un último vistazo al cráter para despedirnos, y nos lanzamos ladera abajo, utilizando las pistas de los bulldozers que, al estar formadas por piedra volcánica fina y suelta, son comodísimas para descender.

Trotando por la ceniza, bajamos 300 metros de desnivel casi sin darnos cuenta.

La pista de bajada nos conduce hasta la octava estación, donde llegamos a un cruce clave: aquí se separan las rutas Yoshida y Subashiri. Por la cantidad de signos de advertencia, deducimos que es habitual que la gente baje por donde no toca. Nosotros bajaremos por la ruta Yoshida para ir a su quinta estación a la que, a pesar de ser más alta que la de Subashiri, se tarda más tiempo en llegar puesto que para bajar a la segunda se desciende casi íntegramente por la rápida ceniza.

Confirmado el desvío, comienza una interminable ladera en la que realizamos innumerables zigzags, por terreno ya no tan cómodo, al ser mucho más resbaladizo y descompuesto. El camino de descenso de esta ruta es distinto al de subida, pues bajamos por la pista de los bulldozers, con los que nos cruzamos en numerosas ocasiones.

Por esta ladera debemos descender 600 metros de desnivel que se hacen larguísimos a estas horas del día.

El final de esta larga bajada coincide con los lavabos de la séptima estación, donde se concentra mucha gente tanto para descansar como para hacer sus necesidades, ya que en el Fuji está terminantemente prohibido hacerlo al aire libre, incluso cuando los refugios están cerrados.

A partir de aquí empieza una larga diagonal hacia el norte en dirección a la sexta estación, con una presencia cada vez mayor de vegetación en las laderas.

Durante este tramo atravesamos dos túneles, situados en el cruce de rampas pedregosas por las que, intuyo, deben producirse frecuentes desprendimientos.

Desde estas rampas impresiona mirar hacia arriba y ver todas las estaciones alineadas hasta la misma cima del Fuji, cuya cima se empieza a tapar. Es el preludio de las intensas lluvias que van a caer estos días por aquí.

No tardamos en llegar a la sexta estación, ésta ya cerrada, A partir de aquí, entramos en una densa niebla que ya no nos va a abandonar hasta llegar abajo.

Del mismo modo, a partir de la sexta estación dejamos atrás las desoladas laderas volcánicas y nos adentramos en un precioso bosque, que la niebla embellece aún más.

El descenso entre hayas de troncos retorcidos es apacible y, aunque acusamos el cansancio, avanzamos disfrutando del entorno.

Y, después de la paz en el bosque, choca llegar a la caótica quinta estación de la ruta Yoshida, donde se mezclan los montañeros con los turistas que acuden a pasar el día en los centros comerciales que hay aquí. Puede parecer un tópico, pero el Fuji, al igual que Japón, es un lugar de contrastes muy extremos y, a pesar de ser una montaña muy distinta a las que conocemos en España, la experiencia de ascender al volcán más famoso del planeta es extraordinaria. Desde luego, yo la recordaré toda la vida.